Hay una oración que he rezado más veces de las que me gustaría admitir: la que se hace para no tener que decidir nada. Uno se arrodilla, le entrega el asunto al Señor, se levanta liviano y deja el problema exactamente donde estaba. Suena a confianza. A veces es miedo con buena letra.

También he hecho lo contrario. Semanas enteras empujando, resolviendo, respondiendo mensajes a las once de la noche con la sensación de que si yo suelto un momento, todo se viene abajo. Eso tampoco es fe. Es una forma cansada de creer que Dios llega tarde.

La frase que ordena las dos cosas la conocemos todos: ora como si todo dependiera de Dios, pero trabaja como si todo dependiera de vos. Se repite tanto que ya casi no la escuchamos. Vale la pena volver a mirarla despacio, porque no es un consejo de superación personal con barniz religioso. Describe bastante bien la manera en que Dios acostumbra trabajar con nosotros.

De dónde viene, y por qué la versión antigua es mejor

La frase circula atribuida a san Agustín y a san Ignacio de Loyola. El Catecismo la recoge en el número 2834, junto al ora et labora de la tradición benedictina, y le agrega algo que casi nadie cita: cuando el trabajo ya está hecho, el pan sigue siendo don del Padre, y conviene pedirlo y agradecerlo. Ese detalle le cambia el tono a todo, y más adelante vuelvo sobre él.

Lo curioso es que la versión más antigua del lado ignaciano está invertida. Pedro de Ribadeneira, que conoció a Ignacio y escribió su biografía pocos años después de su muerte, cuenta que el santo se valía de todos los medios humanos a su alcance con el cuidado de quien cree que el resultado depende de ellos, y al mismo tiempo se apoyaba en la providencia como si esos medios no sirvieran de nada. Los propios estudiosos jesuitas admiten que la fórmula exacta que hoy repetimos no aparece en los escritos de Ignacio, aunque corresponde a su manera de pensar.

Me quedo con la versión invertida por una razón práctica. La versión popular se puede leer como un reparto: la mitad para Dios, la mitad para mí. Cincuenta y cincuenta. La de Ribadeneira no reparte nada. Pide cien por ciento de esfuerzo y cien por ciento de confianza al mismo tiempo, sin que uno le quite espacio al otro. Es más incómoda y es más verdadera.

Dios tiene la costumbre de pedir agua

En Caná, María le avisa a su Hijo que se acabó el vino y luego les deja a los sirvientes la única instrucción suya que conserva el Evangelio: hagan lo que él les diga. Y lo que él les dice es que llenen seis tinajas de piedra con agua.

Detengámonos ahí, porque es la parte que solemos saltarnos. Esas tinajas cargaban entre ochenta y ciento veinte litros cada una. El agua no llegaba por tubería. Alguien fue al pozo, bajó el cántaro, lo subió, caminó de regreso y repitió el viaje hasta llenarlas al borde. Nadie escribió sus nombres. El milagro fue de Cristo, sin discusión, pero el agua la cargaron ellos.

Es un patrón que se repite. Frente a cinco mil personas con hambre, Jesús no multiplica nada antes de decirles a sus discípulos que les den de comer ellos. Los apóstoles hacen el ridículo contando cinco panes y dos peces, y así, con ese inventario patético en la mano, empieza el milagro. En el lago, Pedro le contesta al Maestro que llevan toda la noche trabajando sin sacar nada, y aun así vuelve a echar las redes. Las redes las tira él. El peso lo hala él. La barca casi se hunde con lo que Dios puso adentro.

Pablo lo resume sin poesía: uno planta, otro riega, Dios da el crecimiento. El crecimiento nunca fue nuestro. La siembra sí, y esa nadie la hace por nosotros.

La fe da la dirección, los pies dan el camino

El Salmo 127 dice que si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Lo he escuchado usar como excusa para no levantar paredes. Pero el salmo no dice que no haya albañiles ni que sobren las paredes. Dice que hay que saber quién sostiene la obra. Los albañiles siguen ahí, con la cuchara en la mano, sudando.

Ahí está la diferencia entre las dos oraciones. Una te devuelve al mundo con una tarea concreta. La otra te saca del mundo y te deja tranquilo. Si al levantarte de rezar sabés mejor qué hacer mañana, aunque sea una sola cosa pequeña e incómoda, esa oración funcionó. Si te levantás aliviado precisamente porque ya no tenés que hacer nada, vale la pena revisar a quién le estabas hablando.

Rezar no reemplaza el trabajo, y el trabajo no reemplaza la oración. Cuando se separan, cada uno se enferma por su lado. El que solo reza termina llamándole providencia a la pasividad y se pasa la vida esperando una señal que ya le llegó tres veces. El que solo trabaja termina agotado, incapaz de recibir nada como regalo, convencido de que todo lo que tiene se lo arrancó al mundo con las uñas. Conozco los dos cansancios. El segundo duele más porque se disfraza de virtud.

Nadie va a recorrer el camino por vos

San Agustín lo dijo en un sermón con una frase que a mí me sigue quitando el sueño: el que te hizo sin vos no te va a salvar sin vos. Dios no necesitó tu permiso para crearte. Sí quiere tu sí para salvarte. La gracia no atropella la libertad, la despierta.

De esa lógica sale una consecuencia que a veces preferimos no mirar. Nadie puede convertirse en tu lugar. Nadie puede perdonar por vos a la persona que tenés atravesada desde hace años. Nadie puede tener por vos la conversación que llevás meses posponiendo con tu esposa, con tu socio, con tu hijo. Nadie puede estudiar tu materia, ordenar tus deudas, dejar tu vicio, escribir el mensaje que te da vergüenza mandar.

Sí podemos acompañarnos, y eso no es poco. La Iglesia existe porque el camino no se anda en soledad. La intercesión es real, los sacramentos son reales, el hermano que te aguanta a las tres de la mañana es realísimo. A Jesús le pusieron a Simón de Cirene para cargarle el madero, y aun así los pasos hasta el Calvario los dio él, uno por uno, con sus propias piernas rotas de cansancio. Alguien te puede sostener la cruz. Nadie te reemplaza para caminar.

En la parábola de los talentos, al tercer siervo no lo condenan por perder el dinero. Lo condenan por enterrarlo. Y fijate en su defensa, porque es una defensa teológica: yo sabía que vos sos un hombre duro, tuve miedo, mejor no arriesgué. Usó una idea sobre Dios para justificar su parálisis. Eso se sigue haciendo hoy, con vocabulario más piadoso.

Un lunes cualquiera, a las siete de la mañana

Aterricemos esto, porque si no se queda en frase bonita para compartir en redes.

Si estás pidiendo trabajo, la pregunta honesta no es cuántas novenas llevás, sino cuándo actualizaste la hoja de vida y a cuántas personas les escribiste esta semana. Si estás pidiendo por tu empresa, revisá si estás contestando los mensajes de tus clientes. Si estás pidiendo por tu matrimonio, la próxima cena sin celular en la mesa vale más que otra jaculatoria a escondidas. Si estás pidiendo salud, sacá la cita para visitar al medico.

Hay dos preguntas que me ayudan a no confundirme, y las hago en ese orden. La primera: qué es lo que sí depende de mí en los próximos siete días. La segunda: qué es lo que definitivamente no depende de mí, y por lo tanto puedo soltar sin sentirme irresponsable. Casi todo mi desgaste ha venido de mezclarlas. De cargar lo que no me tocaba y descuidar lo que sí.

Y cuando hiciste todo y no salió

Aquí regresa el detalle del Catecismo que mencioné al inicio. Después de que el trabajo está hecho, el pan sigue siendo don del Padre.

Eso protege del orgullo cuando las cosas salen. Trabajaste, madrugaste, hiciste bien tu parte, y aun así el resultado es regalo. También protege de la desesperación cuando no salen, y esto hay que decirlo con cuidado en un país donde la gente trabaja durísimo y muchas veces no alcanza. La fidelidad no se mide por el resultado. Los sirvientes de Caná no fabricaron el vino. Solo llenaron las tinajas. Si el vino no hubiera llegado esa noche, su obediencia habría sido igual de buena.

Tu tarea es llenar las tinajas hasta el borde. El vino no depende de vos, y menos mal.

Mañana, cuando termines de rezar, no cierres los ojos otra vez. Abrilos y mirá qué tenés a la mano: unas tinajas vacías, un cántaro, un pozo que queda más lejos de lo que quisieras. Ya sabés lo que sigue.

¿Qué es esa cosa que llevás meses pidiéndole a Dios y que, en el fondo, sabés perfectamente cómo empezar?

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