Vi por primera vez esa frase pegada con imán en la refrigeradora de una señora que me daba de almorzar cuando yo tenía veintitantos años. La llaman proverbio tibetano, aunque nadie me ha podido decir de qué monasterio salió ni quién la escribió. Sospecho que ninguna de las dos cosas importa demasiado. Hay frases que sobreviven porque son verdad, no porque tengan papeles en regla.

Dice así: el secreto para vivir bien y más tiempo es comer la mitad, caminar el doble, reír el triple y amar sin medida.

La leí entonces como un consejo de salud. Veinticinco años después la leo distinto. Ya no me parece una receta de longevidad sino una descripción bastante exacta de lo que la fe le pide al cuerpo. Porque eso es lo raro del cristianismo: no nos manda escapar del cuerpo, nos manda santificarlo. El Verbo se hizo carne, no se hizo idea.

Y en este tiempo, con todo lo que traemos encima, la frase me suena menos a sabiduría oriental y más a examen de conciencia.

Comer la mitad

Empiezo por la más incómoda.

La templanza es una de las cuatro virtudes cardinales y probablemente la más ignorada de las cuatro. El Catecismo la define como la virtud que modera la atracción por los placeres y asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos. Dicho así suena a manual. Dicho en cristiano: comer la mitad es aprender que no todo lo que puedo tomar me conviene tomar.

La Iglesia lleva veinte siglos proponiendo el ayuno, y durante buena parte de mi vida lo entendí como castigo. Me equivoqué. El ayuno no es odiar la comida, es descubrir que no soy mi apetito. Cuando dejo el plato a la mitad por decisión y no por escasez, algo se ordena adentro. Aparece una libertad pequeña, casi ridícula, pero real: soy capaz de decir que no.

Aquí está el punto que me interesa para este año. En la actualidad el hambre ya no es solo de comida. Consumimos información como consumimos azúcar. Abrimos el teléfono treinta segundos y salimos de ahí veinte minutos después, con el ánimo revuelto y sin recordar qué fuimos a buscar. Trabajo todos los días con inteligencia artificial, la uso, la implemento para clientes, la defiendo cuando alguien la sataniza sin conocerla. Y aun así reconozco que multiplicó la cantidad de cosas que puedo mirar en un día sin multiplicar mi capacidad de digerirlas.

Comer la mitad, en este momento de la historia, incluye leer la mitad. Opinar la mitad. Responder la mitad. Dejar mensajes sin contestar durante una hora y descubrir que el mundo no se cayó.

San Pablo lo dijo con una franqueza que sigue picando: todo me es lícito, pero no todo me conviene; todo me es lícito, pero yo no me dejaré dominar por nada.

Caminar el doble

Jesús caminó. Muchísimo. Los evangelios están llenos de traslados a pie por caminos polvosos de Galilea, y hay un detalle que a mí me conmueve: la primera catequesis después de la resurrección la dio caminando. Los discípulos de Emaús no recibieron una conferencia. Recibieron una caminata de once kilómetros con un desconocido que les fue explicando las Escrituras mientras avanzaban.

El corazón les ardía por el camino, dice Lucas. Por el camino. No en el auditorio.

La Iglesia se define a sí misma como pueblo peregrino. No es una metáfora decorativa. Somos gente que va, que no ha llegado, que está en tránsito. Y el cuerpo entiende eso mucho mejor que la cabeza. Cuando camino a paso lento por la mañana, sin audífonos, se me ordenan los pensamientos de una manera que no logro sentado frente a la computadora. Muchas de las mejores decisiones que he tomado en veinticinco años de consultoría no las tomé en una reunión. Las tomé caminando.

Nos estamos quedando quietos. Esa es la verdad. Trabajo remoto, entregas a domicilio, reuniones por video, asistentes que hacen la gestión. Ganamos eficiencia y perdimos kilómetros. Y algo del alma se atrofia cuando el cuerpo se atrofia, aunque nos cueste admitirlo porque suena poco espiritual.

Caminar el doble también tiene una versión que no aparece en el proverbio pero sí en el Evangelio. Si alguien te obliga a caminar mil pasos, camina con él dos mil. Ahí Jesús le pone otra dirección a la caminata: no es solo salud, es exceso deliberado a favor de otro. El doble no como cálculo, sino como generosidad que desconcierta.

Yo lo pruebo con cosas chiquitas. Acompañar a alguien hasta la puerta en vez de despedirlo en la sala. Ir a la parroquia a pie en lugar de en carro. Subir la cuesta en lugar de dar la vuelta. No es heroísmo, es entrenamiento.

Reír el triple

Esta es la parte donde muchos católicos nos ponemos raros.

Hay un tipo de religiosidad que confunde seriedad con santidad. Cara larga, tono grave, ceño fruncido, como si la alegría fuera sospechosa de superficialidad. A san Felipe Neri se le atribuye la frase de que un santo triste es un triste santo. No sé si la dijo con esas palabras, pero el hombre andaba haciendo bromas por las calles de Roma y convirtiendo gente a carcajadas, así que la atribución le queda bien.

El Papa Francisco escribió un documento entero que empieza diciendo que la alegría del Evangelio llena el corazón de los que se encuentran con Jesús. No la resignación del Evangelio. No la corrección del Evangelio. La alegría.

Y san Pablo, desde una cárcel, escribiendo a los de Filipos: alegraos siempre en el Señor, otra vez lo digo, alegraos. Preso, sin saber si iba a salir vivo, y repitiéndolo dos veces por si acaso no había quedado claro.

Reír el triple no es negar el dolor. Guatemala no está para negar nada. Todos conocemos historias de violencia, de gente que se fue, de familias partidas por la migración, de proyectos que se cayeron. La risa cristiana no es la del que no ha visto, es la del que ya vio y sigue creyendo que esto no termina en el sepulcro. Es una risa que pasó por el Viernes Santo.

El humor además es hermano de la humildad. El que se ríe de sí mismo ya soltó la pretensión de ser impecable. Y en la vida de fe, esa pretensión hace más daño que casi cualquier otro pecado, porque impide pedir perdón.

Reír el triple hoy, con la cantidad de indignación que circula por las redes, es casi un acto contracultural. El algoritmo premia el enojo. Nadie se hace viral con una carcajada limpia.

Amar sin medida

Aquí el proverbio hace algo que a mí me parece genial, y no sé si su autor anónimo lo hizo a propósito.

Miren la aritmética. Mitad. Doble. Triple. Todo va contado, medido, cuantificado. Y de pronto, en la cuarta, la matemática se rompe: sin medida. No dice ama el cuádruple. Dice que dejes de contar.

San Bernardo de Claraval escribió algo casi idéntico ocho siglos antes: la medida de amar a Dios es amarlo sin medida. Un monje del siglo XII y un proverbio del Himalaya llegando al mismo lugar. Eso me dice que estamos frente a algo que el corazón humano reconoce esté donde esté.

El Evangelio de Juan describe la Última Cena con una frase que traduce exactamente esto: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Hasta el fin. Sin reserva, sin porcentaje, sin cláusula de salida.

Y ese es el punto donde la fe católica va más lejos que cualquier consejo de bienestar. Comer la mitad me alarga la vida. Caminar el doble me la mejora. Reír el triple me la hace soportable. Pero amar sin medida me la puede costar. La cruz no es una técnica de longevidad. Es lo contrario.

Solo que resulta que ahí, precisamente ahí, es donde está la vida en serio. El que quiera salvar su vida la perderá. El que la pierda por causa del Evangelio, la encontrará. No hay manera de suavizar esa frase.

En la práctica no me tocan cruces espectaculares. Me toca aguantar a alguien difícil sin cobrárselo. Perdonar una deuda que sí podría exigir. Atender la llamada a las once de la noche. Hacer bien un trabajo que nadie va a firmar con mi nombre. Amar sin medida casi siempre se ve así de doméstico, y por eso cuesta tanto: no tiene testigos.

Lo que me queda

Cuatro verbos. Comer, caminar, reír, amar. Ninguno requiere presupuesto. Ninguno requiere permiso. Los cuatro pasan por el cuerpo, que es exactamente donde Dios decidió meterse cuando se hizo hombre.

Me gusta que el proverbio no hable de rendimiento, ni de metas, ni de propósito de vida. Habla de gestos. Y los gestos son lo único que uno puede empezar a hacer hoy en la tarde sin esperar el lunes.

Yo llevo semanas probando lo del plato a la mitad. Me sale mal como tres días de cada siete. Lo de caminar me está saliendo mejor. Lo de reír depende bastante de con quién ande. Y lo cuarto, lo de amar sin medida, sospecho que no es algo que uno logre. Es algo que uno acepta que le vayan enseñando.

Quizá por eso está de último.

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