Hay una pregunta que me acompaña desde hace años, cada vez que me siento con un equipo de pastoral social: por qué gente tan buena termina, a veces, tratándose tan mal.
No lo digo con ironía. He visto comisiones que reparten alimento cada sábado y que adentro llevan meses sin dirigirse la palabra fuera de lo estrictamente operativo. He visto coordinadores capaces de sentarse dos horas a escuchar a una familia en la calle y que no logran diez minutos para escuchar al voluntario que renunció el martes. La ternura sale hacia afuera y adentro se enfría. Eso no es hipocresía. Casi siempre es cansancio, urgencia y una idea equivocada de lo que significa cuidar.
Quiero proponer algo que llevo rumiando un tiempo: que la coherencia que tanto pedimos en los proyectos de Iglesia tiene un nombre viejo y muy concreto. Se llama misericordia. Y no como sentimiento, sino como forma de trato.
Una palabra con vísceras adentro
La palabra misericordia guarda en su origen dos piezas: la miseria del otro y el corazón propio. Tener corazón para quien está en necesidad. Suena a poesía hasta que uno mira las lenguas antiguas y descubre que ahí la cosa es más física de lo que imaginamos.
En hebreo hay un término que designa las entrañas, en particular el seno materno. Es la misericordia que se siente. La que sube sola cuando uno ve a alguien caído. Nadie tiene que decidirla, aparece.
Pero hay un segundo término, y ese cambia todo el asunto. No nace de un impulso espontáneo, sino de una deliberación consciente. Es la bondad que uno resuelve tener, aunque ese día no le nazca.
Ahí está, para mí, la clave del liderazgo en nuestros proyectos. La primera misericordia es un regalo del temperamento. La segunda es una decisión que se sostiene en el tiempo. Y la coherencia, esa que reclamamos a gritos en las reuniones, es exactamente eso: la misericordia que ya no depende de cómo amanecí.
El equipo se hiere cuando alguien deja de ser persona
En los proyectos sociales la herida duele distinto. Uno entra por convicción, comparte la fe o la causa, y entonces espera de sus compañeros algo más que competencia técnica. Espera coherencia. Cuando falla, aunque falle en algo mínimo, no se siente como un problema laboral. Se siente como una traición.
Lo he visto pasar siempre por la misma puerta. No por la mala intención. Por la prisa que va convirtiendo a las personas en funciones.
Un voluntario deja de ser Rolando y pasa a ser «el de la bodega». Una educadora deja de ser Carmen y pasa a ser «la que cubre los martes». Cuando eso ocurre, ya no hace falta explicarles nada, porque a una función no se le explica: se le asigna. Y el día que se cambia a alguien de puesto sin decirle por qué, la decisión puede haber sido correcta y aun así rompe algo. Lo que rompe no es la decisión. Es el silencio alrededor de la decisión, que le comunica a la persona que ya no era necesario contar con ella.
Deshumanizar no es gritar. Deshumanizar es dejar de explicar.
El juicio apaga, la misericordia abre
Hay una frase que llevo pegada desde hace mucho: la misericordia se ríe del juicio. Me gusta porque tiene humor y porque desarma.
Lo sabemos por experiencia propia. Cuando nos juzgan, nos replegamos. Nos defendemos, damos versiones prudentes, dejamos de contar lo que de verdad pasó. Cuanto más juzgada se siente una persona, menos capacidad tiene el otro de influir positivamente sobre ella. Menos confianza se genera. El juicio se siente como control y produce equipos que cumplen sin decir nada, que es la forma más silenciosa de irse sin irse.
Quien coordina tiene aquí una tarea que nadie más puede hacer por él. No consiste en aprobar todo, sino en suspender el veredicto el tiempo suficiente para escuchar. Aceptar a la persona más allá de su conducta no es lo mismo que aprobar su conducta. Esa distinción, que suena a manual, cambia por completo el clima de una reunión.
Una pregunta para su próxima sesión de equipo: ¿qué juicios que ya tengo formados sobre mis compañeros están estorbando el trabajo que hacemos juntos?
Ver, estremecerse, actuar
La tradición describe la compasión en tres movimientos. Primero ver, es decir, entrar en contacto real con lo que le pasa al otro. Después estremecerse por dentro. Y por último actuar, porque un estremecimiento que no mueve nada se queda en emoción bonita.
Aplíquelo al equipo y verá dónde se rompe la cadena.
Casi siempre fallamos en el primer paso. No vemos. Sabemos que Marta anda rara, pero la reunión tiene agenda. Notamos que siempre es el mismo el que se queda hasta el final, y nos acostumbramos. Llevar las cargas unos de otros no significa que las cargue siempre el mismo; significa que rotan. Cuando el sacrificio recae eternamente sobre dos o tres nombres, eso ya no es generosidad del equipo. Es un problema de diseño que nadie ha querido mirar.
La ternura no es blandura
Conviene despejar un malentendido, porque de lo contrario todo esto suena a permisividad.
La misericordia no puede ser anestesia de la conciencia. Un equipo misericordioso no es el que deja pasar todo, sino el que corrige sin humillar. De hecho, corregir al que se equivoca aparece en la lista clásica de las obras de misericordia, junto con enseñar al que no sabe y consolar al triste. Confrontar bien es una forma de cuidado. Callar por comodidad, no.
La ternura tampoco es debilidad. Un cobarde es incapaz de mostrar afecto, decía Gandhi, y creo que tenía razón. Se necesita más valor para decirle a un compañero «te noto agotado, hablemos» que para mandarle otra tarea por WhatsApp.
Coherencia es tratar al hermano como persona
Aquí llego a lo que quería proponer.
Un comedor que alimenta a cien personas y quema a sus ocho voluntarios está contando dos historias al mismo tiempo, y la segunda desmiente a la primera. Nuestros equipos anuncian con la boca y con el modo de tratarse. Las dos cosas se oyen.
Por eso la coherencia no es un requisito de gestión que nos imponen desde afuera. Es misericordia aplicada al de al lado. Es acordarse de que el hermano que coordina conmigo también tiene fragilidad, historia y cansancio, y merece el mismo trato personalizado que le damos a la familia que atendemos el sábado.
Nuestras casas, oficinas y parroquias están llamadas a ser oasis de misericordia. No lo serán por sus normas, ni por sus horarios, ni por lo ordenados que estén los pasillos. Lo serán por cómo se trata la gente adentro.
Lo que sostiene
Nadie dirige desde la perfección. Los mejores acompañantes que he conocido son sanadores heridos, gente que pide perdón con facilidad porque conoce sus propias caídas. Perdonarse antes de perdonar, dice la tradición, y me parece un consejo de una lucidez enorme para quien coordina.
Ahí está lo esperanzador del asunto. La misericordia se puede aprender. No depende de tener buen carácter ni de haber nacido paciente. Se decide, se practica y se corrige, igual que cualquier otra competencia del oficio.
Las cicatrices van a seguir apareciendo, porque trabajar juntos cuesta. Pero hay cicatrices que vienen de haber peleado por algo que valía la pena y hay cicatrices que vienen de un silencio que nadie quiso romper a tiempo. Las primeras se cuentan con dignidad.
Las segundas, casi siempre, se podían haber evitado con una conversación.

