Hace poco vi una entrevista con Nhoa Urrestilla, la bailarina que acompañó a Rosalía durante la gira de El Mal Querer. La conversación duraba más de una hora y giraba alrededor de una pregunta sencilla: ¿se puede vivir del baile? La respuesta corta es sí. La respuesta larga es la que me interesa.
Nhoa no llegó al escenario de Rosalía por azar. Empezó de niña, con clases que sus padres pagaban como podían. Luego vinieron los años de academia, las lesiones, las audiciones perdidas, los meses sin trabajo, los castings donde llegabas y eras una más entre doscientas. Y un día, después de todo eso, alguien la eligió para una gira que iba a recorrer el mundo. Yo veía la entrevista y pensaba en una cosa: esto no es una historia sobre el baile. Es una historia sobre lo que pasa cuando alguien encuentra lo suyo y no lo suelta.
Pertenecer al porcentaje raro
Me parece importante decir esto sin adornos. La mayoría de la gente no sabe qué le apasiona. Vive una vida correcta, paga sus cuentas, llega al fin de semana, y el lunes empieza otra vez. No hay nada malo en eso. Pero existe un grupo pequeño, no sé cuántos, tal vez cinco de cada cien, que un día descubre algo y se da cuenta de que esa cosa es la suya. La fotografía. La escritura. Una pintura sin terminar sobre la mesa de la cocina. Una caminata de doce horas por la montaña. Un instrumento. Un escenario. Lo identifican y ya no pueden no pensar en eso.
Si te ha pasado, eres parte de ese grupo. No es mérito tuyo del todo. Hay gente que lo busca toda la vida y no le llega. A ti te llegó. Y con eso viene una responsabilidad que casi nadie te explica: ahora tienes que sostenerlo.
La fotografía me lo enseñó
Yo lo veo claro con la cámara. Desde que tengo mi cámara, casi nunca la dejo en casa. Cada vez que salgo con ella aprendo algo. A veces es técnica, una luz que no había leído bien, un perfil de color que probé mal, un encuadre que entendí tarde. Otras veces es algo distinto. Un momento en la calle, una expresión que cambió en medio segundo, una sombra que cae sobre una pared y compone sola la escena, antes de que yo entendiera lo que estaba pasando.
Ese aprendizaje no es gratis. Si paso dos semanas sin disparar, lo noto. La mano se vuelve torpe, el ojo se confía. Hay gente que cree que la pasión es un sentimiento. Yo creo que es un hábito. Lo que uno siente cuando hace lo suyo es la consecuencia de no haber dejado de hacerlo durante meses, años, décadas. El día que uno se detiene, la pasión también se detiene. No te abandona de golpe, se va apagando despacio, como una vela a la que dejó de llegarle oxígeno.
La pintura, la escritura, los oficios callados
Lo mismo pasa con los pintores que conozco. Pintan todos los días, aunque sea media hora. No esperan inspiración. La inspiración llega cuando ya estás trabajando, no antes. Igual los escritores que admiro: se sientan a la misma hora, en la misma silla, frente a la misma pantalla, y escriben aunque la página les devuelva un párrafo malo. Saben que el párrafo malo es parte del oficio. Si no estás dispuesto a escribir mal durante años, no vas a escribir bien nunca.
Hay una idea extendida de que el arte es para almas inspiradas. Es falsa. El arte es para gente terca. Para gente que se levanta los domingos a hacer su trabajo mientras los demás duermen. Para gente que rechaza una invitación porque tiene un cuadro a medio terminar y sabe que si lo deja, mañana ya no va a saber por dónde retomarlo. La disciplina no mata la pasión. La protege.
La montaña enseña la misma cosa
Aquí en Guatemala lo tenemos a la mano. Sales de madrugada, caminas en oscuridad durante horas, sientes el frío entrarte por las muñecas, las piernas empiezan a pesar a la mitad de la subida. Y llegas arriba. Ves salir el sol entre los conos del Acatenango, del Tajumulco, del Pacaya cuando se deja. La sensación que tienes en esa cima la fueron pagando tus piernas durante las cuatro horas anteriores, en silencio, sin que nadie las viera trabajar.
Algo parecido sucede con los corredores de fondo, con los nadadores, con los ciclistas que se levantan a las cinco de la mañana. La gente los ve y piensa que tienen una voluntad sobrenatural. No es voluntad. Es estructura. Han organizado su vida de manera que correr o nadar no sea una decisión que tengan que tomar todas las mañanas. Ya está dada, como cepillarse los dientes. Esa es la diferencia entre los que llegan lejos y los que abandonan. Los que llegan lejos no se permiten el espacio de dudar todos los días.
El teatro y la música, dos espejos
Cuando un actor pisa un escenario y dice un texto que ha repetido cien veces, no está improvisando. Está sosteniendo, con un cuerpo entrenado, una emoción que al público le parece nueva. Esa frescura es resultado de un trabajo invisible. Los músicos lo saben mejor que nadie. Una sonata de ocho minutos exige miles de horas de escalas, de oído, de paciencia con un compás que no te sale. Nadie aplaude esas horas. Aplauden la noche del concierto. Pero la noche del concierto sería imposible sin esas horas.
Si alguna vez has tocado un instrumento o has subido a un escenario, ya conoces esta verdad. Si no, te la traduzco: lo que se ve no es lo que cuesta. Lo que cuesta es lo que nadie ve. Y lo que nadie ve es lo que separa al aficionado del que vive de su arte.
No darte el espacio para caer
Hay una idea que escuché hace años y se me quedó pegada. Era algo así: la disciplina es decidir hoy lo que tu yo cansado de mañana ya no va a poder decidir. Cuando uno encuentra su oficio, su cosa, su pasión, lo que tiene que cuidar no son los días buenos. Los días buenos se cuidan solos. Los que hay que vigilar son los días grises. Los días en que el cuerpo no quiere. En que la cabeza inventa razones razonables para posponer. En que la familia, el trabajo o el cansancio te ofrecen excusas que casi cualquier persona aceptaría.
A esos días no se les puede dar margen. Si abres una grieta, la grieta crece. Lo digo desde la experiencia de un hombre adulto que ha visto a varias personas talentosas perder lo suyo no por falta de talento, sino por falta de orden. El talento sin disciplina es ruido. La disciplina sin talento, al menos, sostiene una vida ordenada. La combinación de las dos es lo que hace a una Nhoa, a un fotógrafo serio, a un montañista que cumple sus cumbres, a un escritor que termina sus libros, a un pianista al que la gente paga por escuchar.
Por eso conviene blindarse con rutinas pequeñas y muy concretas. Una hora fija en la agenda, marcada como innegociable. Un cuaderno donde anotar lo que vas trabajando, para que el cerebro no tenga que reempezar cada vez. Un compañero o un grupo al que rendirle cuentas, aunque sea informal, aunque sea por mensaje. La fuerza de voluntad es un recurso escaso y caro. Las rutinas son baratas y se mantienen solas. Cuando el día se complica, no quieres estar negociando contigo mismo si vas o no vas a hacer lo tuyo. Quieres que la decisión ya esté tomada desde la noche anterior.
Una palabra final, sin moraleja
No quiero cerrar con una frase de camioneta. Solo quiero dejarte una idea sencilla, por si te sirve.
Si ya identificaste tu pasión, cuídala como cuidarías a un hijo. Con horario. Con presencia. Con silencio cuando hace falta, y con presencia cuando hace falta más todavía. No esperes a tener tiempo. El tiempo no llega. El tiempo se quita de otras cosas. Quítaselo a la televisión, al teléfono, a las conversaciones que no te aportan, a las ambiciones secundarias que te están drenando la principal.
Y si todavía no la has identificado, sigue probando. Métete a un taller de fotografía. Escribe veinte páginas malas. Sube un volcán pequeño (Culma, por ejemplo, no, no tan pequeño, el Pacaya, si) antes de soñar con el Taju. Toma una clase de teatro aunque te dé vergüenza pararte frente a desconocidos. Aprende los primeros acordes de una guitarra. Lo tuyo no se va a presentar diciendo su nombre. Vas a tener que probar varias cosas hasta que una de ellas te haga sentir que el día se te queda corto.
El día que eso pase, ya sabrás. Y entonces la pregunta deja de ser cómo encontrarlo. La pregunta pasa a ser cómo no soltarlo.

