La religión se entreteje con el hilo mismo de la vida. Frente a los grandes momentos, ya sean destellos de alegría o, más a menudo, sombras de dolor, el alma humana alza su mirada hacia un ser superior, hacia Dios.

Es como apostar a lo seguro en el vasto tablero del existir: si al final de nuestros días Dios habita, nos recibirá con brazos abiertos; y si no, habremos caminado por senderos de virtud y bondad, dejando una huella de vida íntegra.

Es fascinante contemplar cómo, al caer el ocaso de los años, sin importar el linaje, la sabiduría o la condición, el hombre que ya no tiene más esperanza o lo ha alcanzado todo, vuelve sus pensamientos hacia lo divino, buscando en ese encuentro la paz, la esperanza o la preparación para el último viaje que todos hemos de emprender.

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