Este titulo parece más bien el titulo de un cuento de terror espiritual, y no de una guía para salvar al amor.

Pero ya el Papa san Juan Pablo II, en su carta a las familias, hace una denuncia con nombre y apellido: ha ciertos enemigos del amor. Estos enemigos, no se presentan con capa negra ni aullidos nocturnos, pero hacen más daño que cualquier criatura de película de horror. Sus nombres: materialismo, positivismo y utilitarismo. Esto suena a clase de filosofía… hasta que te das cuenta que estos tres fantasmas rondan nuestros hogares, nuestras camas, nuestros corazones.

Para ilustrarlo con humor: es como si Drácula, Frankenstein y el monstruo de la Laguna Verde se hubieran aliado para atacar a la Caperucita Roja del amor conyugal. Solo que estos monstruos no habitan en los cuentos infantiles, sino en nuestra cultura, en nuestros hábitos, en nuestras decisiones. Y lo peor: la mayoría de las personas ni siquiera los reconoce como peligrosos.

Este tema es una expedición espiritual, una confrontación directa y sin rodeos con estos enemigos. Pero, bueno, gracias a Dios no todo es oscuridad: tenemos un aliado todopoderoso, el Espíritu Santo, que se nos fue dado, que no solo defiende, sino que nos entrena para amar como Dios ama.

Ahora expongo a estos enemigos del amor, comenzando con el Primer enemigo:

El positivismo que niega el misterio.

Vamos a definirlo: El positivismo es una forma de pensar que solo acepta como verdadero aquello que se puede ver, medir o demostrar con hechos y números. No le da importancia a lo espiritual, a los sentimientos profundos, ni a la fe, porque estas cosas no se pueden comprobar de manera científica.

No confundamos este positivismo como filosofía con el positivismo que se refiere a una actitud emocional y existencial que busca ver lo bueno, mantener el ánimo alto, ser optimista y disfrutar la vida con alegría. – No hablamos de esto hoy..

El positivismo es la enfermedad de la inteligencia moderna. Solo acepta lo que se puede pesar, medir, verificar. Si no entra en una probeta o en una estadística, no existe. El misterio, la fe, el alma, el amor eterno, todo eso es sospechoso para el positivista.

Este enemigo castra la espiritualidad. Una pareja que vive solo de lo tangible pronto se ahoga en lo utilitario. Si no hay espacio para el misterio, el matrimonio se vuelve una sociedad de consumo afectivo.

Tenemos algunas referencias muy solidas para profundizar en estas verdades:

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2202-2203  

Explica cómo la concepción positivista del derecho (solo lo legal es válido, lo natural queda subordinado) se contrapone a la visión cristiana que defiende la ley natural, fundamento indispensable de la familia. El texto alerta del peligro de dejar que la vida y la dignidad humana dependan únicamente de consensos legales o mayoritarios.

Familiaris Consortio (San Juan Pablo II)  

Señala que muchas degradaciones de la vida familiar tienen como raíz una corrupción del concepto de libertad, entendida de modo positivista y relativista, disolviendo así la dignidad y el sentido trascendente de la familia.

Algunos ejemplos que favorecen el positivismo en nuestra vida:

  • Pensar que los problemas familiares solo se resuelven con datos, consejos prácticos o terapias sin considerar la dimensión espiritual.
  • No dedicar tiempo a la oración, a la reflexión o a cultivar la confianza en algo más grande que uno mismo.
  • Considerar que el matrimonio es solo un contrato social o legal, sin reconocer su dimensión sagrada y misteriosa.

Continuamos ahora, analizando el Segundo enemigo:

El materialismo que mata el espíritu.

Definamos: El materialismo es la idea de que lo más importante en la vida es tener cosas: dinero, bienes, objetos. Según esta manera de pensar, lo que tienes es más importante que quién eres o cómo amas. La felicidad depende de poseer cosas materiales, y no tanto de las relaciones o el crecimiento personal.

El materialismo es más común de lo que parece. Se infiltra cuando los esposos valoran más el auto que la ternura, más el sueldo que el tiempo juntos. Su mensaje es claro: lo que importa es tener, no ser.

El amor materialista es un trueque: te doy afecto si me das placer, te respeto si me satisfaces, te escucho si no interrumpes mi zona de confort.

Pero el amor verdadero no se reduce a propiedades ni a logros visibles. Se nutre del sacrificio, del silencio compartido, del perdón invisible.

Como documentos de referencia encontramos:

Carta a las Familias (San Juan Pablo II)  

 Denuncia los males que nacen cuando la sociedad y las familias se centran solo en el tener y no en el ser. Hace un llamado a redescubrir que el amor familiar debe ir más allá del interés material, recuperando la gratuidad y la entrega recíproca.

Evangelium Vitae

Avisa sobre el daño que causa el materialismo en la familia, cuando la vida humana pierde su valor transcendental y es tratada como un objeto; esto afecta la relación entre padres e hijos y la estabilidad familiar.

Actitudes que favorecen el desarrollo de este segundo enemigo:

  • Priorizar el dinero, los bienes materiales y el estatus por encima del tiempo de calidad con la familia.
  • Valorar a los miembros de la familia más por lo que aportan económicamente o materialmente que por quiénes son.
  • Usar los regalos, dinero o posesiones como forma de comprar afecto o respeto.
  • Crear relaciones basadas en el intercambio o el beneficio personal, como un negocio de “dar y recibir”.

Y por último encontramos al tercer enemigo del amor:

El utilitarismo que convierte personas en objetos

Definamos: El utilitarismo consiste en valorar a las personas y las cosas solo según la utilidad que tienen: si sirven para algo o me benefician. En este modo de pensar, las personas pueden convertirse en objetos que se usan mientras sirven y se deshechan cuando ya no aportan algo útil.

Este es el más astuto y peligroso. El utilitarismo no te dice que odies, simplemente te enseña a usar. Usa cuerpos. Usa relaciones. Usa tiempo. Usa hasta los sacramentos como contratos. El otro deja de ser un tú y se convierte en un “para mí”.

En este mundo, el amor es una noche loca, el cuerpo una carrocería, y la fidelidad una broma del pasado. Todo es «útil mientras sirva». Y cuando no sirve, se desecha.

Para reflexionar a profundidad, encontramos:

Evangelium Vitae y La Evangelium Vitae: un antídoto contra la ética utilitarista 

Estas reflexiones advierten contra la mentalidad utilitarista: las personas y las relaciones familiares no pueden ser valoradas solamente por lo útil que resultan. Denuncia cómo la cultura actual tiende a instrumentalizar incluso los vínculos más sagrados, y destaca la urgencia de volver a una visión de la familia fundada en la dignidad y el don.

Familiaris Consortio  

El documento condena la transformación de las personas en objetos de uso y consumo dentro de la familia, lo cual es la esencia del utilitarismo y uno de los factores más nocivos para la estabilidad y santidad de la vida familiar.

Tengamos claro entonces, que debemos evitar las actitudes que hacen crecer el enemigo número 3: el utilitarismo:

  • Tratar a los miembros de la familia como objetos para satisfacer necesidades o deseos personales.
  • Usar la relación matrimonial o familiar solo cuando “sirve” o aporta placer, y descartarla cuando genera dificultades.
  • Considerar el cuerpo, la fidelidad o los sacramentos como meros contratos que se cumplen por obligación o conveniencia.
  • Descuidar la entrega total y el compromiso profundo, buscando siempre la conveniencia o el beneficio propio.

La alternativa cristiana: Amar en el Espíritu.

Pero gracias a Dios y como lo dice el titulo de nuestra reflexión del día de hoy: El Espíritu Santo contra los monstruos que dañan el amor.

Contra estos tres monstruos modernos, el Espíritu Santo es el único héroe invencible. Y no lo decimos como recurso piadoso. Lo dice San Pablo en Romanos 5,5: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.”

Esto significa que el amor no es solo un sentimiento humano. El verdadero amor conyugal cristiano es sobrenatural. Tiene base divina. Y por eso puede resistir crisis, tentaciones, heridas, traiciones, y hasta la muerte.

La visión de san Juan Pablo II: La gracia lo cambia todo

En la Familiaris Consortio, el Papa afirma que el amor humano necesita redención. Y esa redención solo viene por medio de Cristo. Él no nos deja solos, nos da su Espíritu. Por eso, hablar del matrimonio cristiano sin hablar del Espíritu Santo es como querer hacer una fogata sin fuego.

En el número 13 de ese documento dice:

«Cristo revela la verdad original del matrimonio, la verdad del principio, y librando al hombre de la dureza de corazón, lo hace capaz de realizarla plenamente.”

Aquí el Papa nos está llevando a Mateo 19, donde Jesús dice que Moisés permitió el divorcio por la dureza del corazón. Pero que “al principio no fue así”. Cristo no solo enseña una ley más exigente, sino que da el poder para cumplirla. ¿Cuál? El Espíritu Santo.

Jesús no cancela, restaura

El mensaje cristiano no es: “te aguantarás porque así lo manda Dios.” No. El mensaje es: “con mi gracia, serás capaz de amar como Yo amo.” Cristo no viene a ponerte esposas morales, sino a enseñarte a ser esposo de verdad.

Muchos terapeutas hoy hacen lo de Moisés: ven que las parejas se hieren, y aconsejan que se separen. Ven que hay adicciones, y aconsejan compensaciones. Ven que hay deseo, y aconsejan pornografía compartida. En resumen: diagnostican muerte y ofrecen morfina.

Cristo, en cambio, resucita corazones muertos. Él transforma el odio en perdón, el egoísmo en entrega, el cansancio en esperanza.

El Espíritu hace posible lo imposible

¿Y cómo logramos amar así? El Papa responde:

«El Espíritu renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces de amarse como Cristo nos amó.”

Es decir, no es una técnica, es un don. No se trata de leer cinco libros de autoayuda, ni de memorizar frases de Instagram. Es dejarse amar por Dios para poder amar como Dios.

Amar como Cristo: fiel, exclusivo, total

  • Fidelidad. Cristo no se divorció de su Iglesia. Aunque le fue infiel, aunque lo traicionó, Él se mantuvo fiel hasta la cruz.
  • Exclusividad. Cristo no tiene varias esposas. Tiene una. La Iglesia. Así debe ser el amor conyugal: uno para uno, para siempre.
  • Entrega total. Cristo no usó preservativos para amar. Dio todo su cuerpo, su sangre, su vida. Sin reservas. Sin “pero”.

Aplicación práctica: ¿Qué significa amar en el Espíritu?

  1. Invocar al Espíritu Santo en pareja. No esperes a estar al borde del abismo. Pídele luz cada día.
  2. Vivir la Eucaristía. Ahí está el modelo y la fuente del amor conyugal.
  3. Confesión frecuente. El perdón no se improvisa; se cultiva en la humildad.
  4. Ser testigos. No basta con no divorciarse. Hay que mostrar que amar como Cristo es posible, deseable y hermoso.

El amor verdadero necesita ayuda divina

El amor no es un cuento de hadas. Es una batalla espiritual. Hay monstruos, sí. Pero hay un Espíritu más fuerte que todos ellos. No se trata de sobrevivir al matrimonio, sino de vivirlo con gloria, con gozo, con gracia.

Si los esposos entendieran que su mayor aliado es el Espíritu Santo, dejarían de correr a los brujos del coaching barato y se postrarían más ante el sagrario.

El amor humano, dejado solo, termina en cenizas. El amor humano ungido por el Espíritu, en cambio, se convierte en llama viva que calienta generaciones.

Maynor Marino Mijangos
Guión para el programa Vivamos Nuestra Fe de Hombre Nuevo Guatemala en Radio María.

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