Un amigo me preguntó hace unos días cuál era la peor decisión que había tomado en mi vida.
No supe qué responder.
No porque no tuviera respuesta. Sino porque tenía demasiadas. Y porque la mayoría no son grandes errores de esos que recordamos con nombre y fecha. Son pequeños. Diarios. Tan repetidos que ya casi no los notamos.
Hoy mismo he tomado varios. Como casi todos los días.
Veamos.
- He apagado la alarma con el pulgar sin abrir los ojos, convencido de que «cinco minutos más» es una decisión racional.
- He desayunado de prisa, sentado a la mesa, pero de prisa como que de una carrera se tratara.
- He abierto el correo y el whatsapp antes de tan siquiera levantarme. El primer pensamiento del día ya era de trabajo.
- He respondido un mensaje de WhatsApp de un amigo con un audio apresurado cuando merecía una llamada.
- He tenido una reunión importante con el chat de WhatsApp abierto por debajo. No me he perdido nada en la reunión ni en el chat, pero tampoco he estado del todo en ninguno de los dos sitios.
- He pospuesto una conversación pendiente diciéndome que ya hablaremos cuando termine esto que tengo entre manos. Llevo tres días diciéndome lo mismo.
- He pedido a una IA que resumiera el documento que tenía pendiente de leer, lo he marcado como revisado y me he convencido de que eso cuenta.
- He buscado entre mis notas información para un artículo del blog y he terminado, cuarenta minutos después, leyendo algo que no tenía nada que ver con lo que necesitaba.
- He scrolleado durante diez minutos por noticias después de entrar solo a «ver una cosa».
- He dicho que sí a un proyecto nuevo sabiendo que ya tenía la semana llena. Lo dije porque parecía importante. Porque era para la Iglesia. Porque no supe decir que no.
- He mandado un audio de WhatsApp de cinco minutos cuando con un mensaje de dos líneas habría bastado.
- He revisado las métricas de mis publicaciones cuatro veces en el día sin que nada hubiera cambiado lo suficiente para justificarlo.
- He tenido el modo avión activado dos horas para trabajar sin interrupciones y luego me he pasado veinte minutos revisando todo lo que me había perdido.
- He prometido revisar ese documento «antes del viernes» sabiendo que ya hoy es viernes y que no lo he abierto todavía.
- He pasado un momento de oración de la mañana mirando la pantalla en lugar de estar presente. El teléfono estaba en silencio, pero seguía en la mano.
- He tenido el libro que estoy leyendo al lado todo el día sin abrirlo ni una vez.
- He pensado «mañana lo escribo» sobre un artículo que lleva dos semanas esperando en un documento abierto en una pestaña que minimizo cada vez que la veo.
- He respondido «bien, ¿y tú?» sin escuchar realmente la respuesta.
- He usado el humor para esquivar una conversación que no quería tener.
- He revisado el correo siete veces en dos horas sin que llegara nada que no pudiera haber esperado.
- He tenido una idea para el proyecto que llevo aplazando desde hace meses y no la he anotado. Ahora ya no la recuerdo.
- He buscado en internet una razón válida para no hacer algo que sabía que tenía que hacer. La encontré.
- He almorzado frente a la computadora porque «solo era un momento más» de trabajo.
- He tenido la sensación de que debería llamar a un amigo que lleva tiempo sin dar señales, y no lo he hecho.
- He preparado una presentación para un proyecto importante a última hora, cuando llevaba una semana sabiendo que la necesitaba.
- He pasado demasiado tiempo en una discusión en un grupo de WhatsApp sobre algo que en realidad no cambia nada.
- He abierto el whatsapp y el correo electrónico justo antes de dormir. El último pensamiento del día también era de trabajo.
- He mirado la pantalla hasta tarde sin ver nada con atención.
- He cerrado los ojos demasiado tarde para tener que madrugar.
- He prometido, en silencio, que mañana sería distinto.
No lo será.
Toda esta lista tiene algo en común que no es obvio a primera vista.
No son errores porque sean malos de por sí. Desayunar de pie no arruina una vida. Revisar el correo de más tampoco. Incluso usar una IA para resumir un documento puede tener sentido en ciertos momentos.
Son malas decisiones por lo que revelan cuando se juntan. Cuando se convierten en el patrón del día. Cuando el día se termina y resulta que lo más importante que tenía pendiente seguía pendiente, y todo lo demás fue una manera más o menos ingeniosa de no hacerlo.
Procrastinar no se parece al descanso aunque a veces lo parezca. El descanso te deja con energía. La procrastinación te deja igual de cansado pero con el peso añadido de lo que no hiciste. Hay una fatiga específica que viene de haber estado ocupado todo el día sin haber avanzado en nada que importara.
Y en 2026 es más fácil que nunca no darte cuenta de eso.
El teléfono tiene una respuesta para cada momento muerto. Las apps están diseñadas para que el tiempo pase sin que lo sientas. La IA puede hacer por ti muchas cosas que, en realidad, necesitabas hacer tú. No porque el resultado sea mejor si lo haces tú, sino porque el proceso de hacerlo era parte de algo.
Ahora mismo hay más herramientas que nunca para ser más productivo. Y probablemente nunca hemos sido tan expertos en parecer ocupados sin estarlo. Las notificaciones crean una sensación de urgencia constante que en realidad no existe. El scroll ha convertido el aburrimiento, que antes era incómodo pero útil, en algo que ya casi no experimentamos.
Hay algo más que vale la pena decir aquí. Muchas de estas decisiones ocurren precisamente en el contexto del trabajo bueno, del trabajo con sentido. Decir que sí a todo porque es para un proyecto importante. No descansar porque hay mucho que hacer. No estar presente en casa porque la misión no para. El problema no es solo la distracción frívola. Es también la ocupación que parece justificada y que termina siendo otra manera de no atender lo que más importa.
Entonces, ¿cuál es la peor decisión?
No alguna de las de la lista.
La peor es la que está debajo de todas las demás: dejar que este patrón no me importe lo suficiente como para cambiarlo.
Eso es lo que preguntaba mi amigo, aunque no lo dijera así. No le importaba si había tomado una mala decisión de negocios o si había gestionado mal un proyecto. Lo que preguntaba, en el fondo, era si tenía conciencia de cómo estaba viviendo.
Y la respuesta honesta es que sí. Tengo conciencia. El problema no es la conciencia. El problema es que la conciencia sola no mueve nada. Diría incluso que a veces la conciencia sin acción es peor que la ignorancia: sabes lo que estás haciendo, lo ves, y lo sigues haciendo igual. Eso añade una capa de malestar que el que actúa sin pensar no tiene.
Sé que el correo antes de dormir no me ayuda. Lo sé cada vez que lo abro. Sé que el café de las seis me va a quitar el sueño. Lo sé cuando lo pido. Sé que hay una conversación pendiente que llevaría diez minutos y que lleva días aplazada. Lo sé cada vez que elijo seguir trabajando.
Y aun así.
Aquí viene la parte que no sé si consuela o complica las cosas.
Algunas de las decisiones de la lista son, también, las que hacen que el día tenga algo de textura. El café a deshoras con alguien que necesitaba hablar. Los veinte minutos perdidos en algo sin importancia que te desconectaron de verdad. Responder sin pensar porque en ese momento tenías la cabeza en otra parte y al menos estabas siendo honesto.
La versión honesta de muchas de estas decisiones es que en el momento se sienten como alivio. Posponer no se siente como miedo; se siente como que todavía no estás listo. No llamar no se siente como distancia; se siente como no tener energía para estar presente de verdad. Decir que sí a todo no se siente como falta de límites; se siente como generosidad.
Y a veces es verdad. A veces sí necesitas esperar, o estar solo, o dar más de lo que tienes.
El truco estaría en saber distinguirlo. Y yo, honestamente, no siempre sé.
Quizá por eso seguimos tomando las mismas decisiones día tras día. No por falta de valores ni de intención. Sino porque somos personas, no proyectos. Porque vivimos en el tiempo, no en el ideal. Porque la distancia entre quien quieres ser y quien eres en un martes cualquiera a las seis de la tarde es real, y no siempre se cierra de golpe.
El problema no es tomarlas. El problema es cuando son lo único que tomamos. Cuando ya no hay espacio para nada más.
Mañana voy a poner la alarma un poco antes. A ver.
No lo prometo.
Soy demasiado humano.

