La inteligencia artificial (IA) se está convirtiendo en una especie de “nueva electricidad”: una tecnología invisible pero presente en todas partes, capaz de transformar la forma en que trabajamos, aprendemos y nos relacionamos. Vivir con IA, hoy y en el futuro, será aprender a convivir con una herramienta muy poderosa que puede potenciar lo mejor de nosotros o amplificar nuestros errores.
El cerebro humano y la maravilla de pensar
Lo primero que la IA nos obliga a mirar de nuevo es algo que damos por hecho: nuestro propio cerebro. La inteligencia humana es, hasta ahora, el único ejemplo de inteligencia general que conocemos en el universo. Un mismo cerebro nos permite aprender a hablar, conducir, hacer música, resolver problemas de matemáticas y cuidar de otras personas. Esa capacidad de adaptarnos, imaginar y aprender cosas nuevas durante toda la vida es extraordinaria.
Mientras las máquinas todavía necesitan muchos datos y entrenamiento para hacer bien una sola tarea, los seres humanos pueden aprender con pocos ejemplos y aplicar lo aprendido a situaciones diferentes. Nuestro pensamiento mezcla memoria, emoción, imaginación y experiencia: no solo calculamos, también soñamos, dudamos, nos equivocamos y cambiamos de opinión. Esa mezcla aparentemente “desordenada” es la base de nuestra creatividad.
Por eso, muchos investigadores de IA estudian el cerebro humano para inspirarse en su forma de aprender y recordar. Redes neuronales profundas imitan de manera muy simplificada cómo las neuronas se conectan y fortalecen sus enlaces cuando aprendemos algo nuevo. Pero, incluso con todos estos avances, el cerebro sigue siendo mucho más eficiente: consume muy poca energía y es capaz de realizar tareas que todavía cuestan mucho a los ordenadores, como entender el contexto social de una conversación.
Las mentes tras la IA.
Una de las personas que esta detrás de todo este movimiento del desarrollo de la Inteligencia artificial es Demis Hassabis.
¿Quién es Demis Hassabis?

Damis Hassabis
Demis Hassabis (Londres, 27 de julio de 1976) es un científico de la computación y neurocientífico británico, cofundador y director ejecutivo de Google DeepMind. También es diseñador de videojuegos y jugador de ajedrez titulado Candidate Master (CM) por la FIDE. En 2024 fue galardonado con el Premio Nobel de Química—compartido con David Baker y John Jumper— por avances en el diseño computacional de proteínas y la predicción de su estructura mediante inteligencia artificial.
Demis Hassabis es uno de los nombres clave para entender la IA actual. Es un científico informático británico, antiguo niño prodigio del ajedrez, diseñador de videojuegos, investigador en neurociencia y fundador de DeepMind, una de las organizaciones líderes en IA a nivel mundial. Desde joven se interesó por una pregunta grande: ¿podemos construir una inteligencia artificial general, capaz de aprender casi cualquier cosa, como hacemos los humanos?
En 2011 fundó DeepMind junto con Shane Legg y Mustafa Suleyman con una misión muy ambiciosa: “resolver el problema de la inteligencia y luego usar esa inteligencia para resolver todo lo demás”. DeepMind fue comprada por Google en 2014, convirtiéndose en una pieza central de su estrategia de IA. Bajo el liderazgo de Hassabis, el equipo creó sistemas como AlphaGo, que venció al campeón mundial del juego de Go, y AlphaFold, que revolucionó la predicción de la estructura de las proteínas.
Por su trabajo con AlphaFold y su impacto en la biología y el diseño de medicamentos, Hassabis recibió el Premio Nobel de Química en 2024. Hoy sigue dirigiendo Google DeepMind y también lidera Isomorphic Labs, una empresa que usa IA para acelerar el descubrimiento de fármacos. Su trayectoria une tres cosas: curiosidad por el cerebro, pasión por los juegos como laboratorio del pensamiento y un fuerte interés por aplicar la inteligencia —humana y artificial— a problemas reales.
La IA en la realidad actual
Hoy la IA ya está presente en nuestra vida, aunque a veces no nos demos cuenta. Cada vez que una plataforma de vídeo te recomienda algo, cuando tu teléfono corrige palabras, cuando una aplicación traduce un texto o cuando un banco detecta un posible fraude, hay algoritmos de IA trabajando en segundo plano. La mayoría de estas aplicaciones usan “aprendizaje automático”: el sistema analiza grandes cantidades de datos, encuentra patrones y aprende de ellos.
En el mundo del trabajo, la IA está cambiando profesiones enteras. Hay programas que ayudan a redactar correos, resumir documentos, analizar contratos, detectar defectos en fábricas o sugerir diagnósticos médicos a partir de imágenes. No sustituyen completamente a los profesionales, pero sí automatizan partes de su trabajo, lo que obliga a las personas a adaptarse, aprender nuevas habilidades y centrarse en tareas más creativas o de decisión.
Uno de los avances más llamativos es AlphaFold, el sistema de DeepMind que predice la forma tridimensional de las proteínas a partir de su secuencia genética. Antes, determinar estas estructuras podía tomar meses o años en el laboratorio; ahora, muchas se pueden estimar en horas, lo que acelera la investigación de nuevos medicamentos y terapias. La base de datos creada a partir de AlphaFold ofrece millones de estructuras de proteínas de manera abierta, apoyando a científicos de todo el mundo.
Qué significará vivir con IA en el futuro
Mirando hacia adelante, la IA no será solo una herramienta más, sino una infraestructura básica de la sociedad, como lo fue la electricidad o Internet. Se espera que participe en casi todas las áreas: salud, educación, transporte, agricultura, justicia, gobierno y entretenimiento. Algunos expertos hablan de “IA de nivel humano” o inteligencia artificial general (AGI), es decir, sistemas capaces de aprender y razonar de forma flexible en distintos campos, no solo en tareas específicas.
Esto abre grandes oportunidades:
- En medicina, sistemas como AlphaFold 3 ya ayudan a diseñar nuevos fármacos, entender mejor cómo afectan ciertas mutaciones genéticas y avanzar hacia una medicina más personalizada.
- En el clima, modelos de IA pueden mejorar las predicciones del tiempo, optimizar el uso de energía y ayudar a diseñar materiales más sostenibles.
- En las ciudades, la IA podría coordinar tráfico, transporte público y servicios de emergencia para hacerlas más seguras y eficientes.
- Pero también hay riesgos serios. La IA puede usarse para vigilancia masiva, manipulación de noticias, creación de desinformación muy creíble o armas autónomas. Además, si las decisiones importantes se delegan a algoritmos opacos, sin supervisión humana, podemos terminar en situaciones injustas: por ejemplo, sistemas que discriminan en créditos, seguros o selección de personal, porque fueron entrenados con datos sesgados.
Por eso, muchos investigadores, incluido Hassabis, insisten en la necesidad de regulaciones claras, acuerdos internacionales y una ética fuerte alrededor de la IA. No se trata solo de preguntar “¿qué puede hacer la tecnología?”, sino “¿qué debe hacer y bajo qué reglas?”.
Ideas para usar la IA de forma efectiva en la vida diaria
Con todo este contexto, ¿cómo podemos las personas de a pie usar la IA de manera útil y responsable? Algunas ideas prácticas:
- Aprendizaje personal
- Usar asistentes de IA para aclarar dudas, repasar conceptos escolares, practicar idiomas o aprender nuevas habilidades profesionales.
- Pedir explicaciones sencillas, ejemplos y resúmenes, pero complementar siempre con otros recursos, libros o cursos para no depender de una sola fuente.
- Trabajo y productividad
- Automatizar tareas repetitivas: redactar borradores de correos, generar resúmenes de reuniones, clasificar información, crear primeros esquemas de documentos.
- Reservar el tiempo humano para lo que requiere juicio, empatía y creatividad: tomar decisiones, negociar, acompañar personas, imaginar nuevas soluciones.
- Creatividad y proyectos personales
- Usar generadores de texto, imagen o música como “sparrings creativos” para obtener ideas iniciales, variantes de un diseño o nuevas perspectivas.
- No delegar la parte más humana de la creación: el mensaje, los valores, la experiencia propia y el criterio final sobre qué se publica o se comparte.
- Salud y bienestar
- Aprovechar aplicaciones que usan IA para hacer seguimiento del sueño, la actividad física o la alimentación, y recibir recomendaciones personalizadas.
- Entender estas herramientas como complementos, no como sustitutos del médico; cualquier decisión importante de salud debe pasar siempre por un profesional.
- Vida ciudadana y consumo de información
- Usar la IA para verificar datos, contrastar noticias y entender mejor temas públicos como leyes, decisiones gubernamentales o propuestas políticas.
- Mantener una actitud crítica: preguntar de dónde vienen los datos, qué intereses puede haber detrás, y no dar por cierto todo lo que “dice la máquina”.
En resumen, un uso efectivo de la IA en nuestra vida diaria combina tres actitudes: curiosidad (aprovechar lo que la tecnología ofrece), prudencia (poner límites y verificar) y responsabilidad (pensar en el impacto de lo que hacemos con ella).
Ética, trabajo y el papel de cada persona
La expansión de la IA traerá cambios profundos en el empleo. Muchos trabajos se transformarán y algunos desaparecerán, mientras que surgirán otros nuevos ligados al diseño, supervisión y mejora de sistemas inteligentes. En lugar de pensar solo en “sustitución”, cada vez se habla más de “colaboración”: humanos e IA trabajando juntos, donde la máquina hace lo repetitivo y el humano aporta contexto, valores y creatividad.
Sin embargo, esta transición no será automática ni justa por sí sola. Hacen falta políticas públicas para apoyar la formación continua, la reconversión profesional y la protección de quienes queden más vulnerables a los cambios. También es clave que empresas y gobiernos usen la IA con transparencia, explicando cómo se toman las decisiones y permitiendo mecanismos de revisión y apelación cuando un algoritmo afecta seriamente la vida de una persona.
Al final, la IA es un espejo que amplifica lo que somos como sociedad. Si la usamos solo para maximizar beneficios económicos a corto plazo, reforzará desigualdades y tensiones. Si la orientamos hacia el bien común, puede ayudarnos a avanzar en ciencia, salud, educación y cuidado del planeta como nunca antes.
Vivir con IA, hoy y mañana, será un “juego de pensar” continuo: pensar qué tipo de inteligencia queremos construir, qué papel le damos en nuestra vida y qué clase de humanidad deseamos ser frente a esta nueva capacidad tecnológica. La respuesta no está solo en los laboratorios o en las grandes empresas, sino también en cada decisión que tomamos al usar estas herramientas en nuestra vida diaria.

